En España, el seguro de decesos sigue siendo una de las protecciones con mayor arraigo social, y sus cifras lo confirman. Al cierre de 2024, 22,3 millones de personas tenían cubierto el sepelio, un volumen que equivale a casi la mitad de la población, en torno al 46%. El dato refleja una estabilidad llamativa en un producto que, más allá de modas o ciclos, se mantiene como recurso habitual para muchas familias.
Esa implantación se entiende, en parte, por su función práctica. En un momento de especial vulnerabilidad, este tipo de póliza asume la organización y el pago de los servicios funerarios, y evita que la gestión recaiga de golpe sobre los allegados. Por eso, dentro del catálogo asegurador, se sitúa entre las coberturas más extendidas, junto con el automóvil y el seguro de vida, y se percibe como una solución orientada a reducir incertidumbre en un trámite complejo.
El mapa territorial, además, muestra una presencia amplia, con diferencias notables según la provincia. La mayor cobertura relativa se observa en Cádiz, donde está asegurado el 77% de los residentes, seguida por Ávila, con 74%, y Badajoz, con 73%. En el extremo opuesto aparecen Teruel, con 19%, Soria, con 20%, y Huesca, con 21%. Aun así, incluso en estas provincias con menor implantación, el seguro alcanza aproximadamente a una quinta parte de la población local.
Un patrón familiar que trasciende generaciones
Más allá de los contrastes provinciales, los datos apuntan a un rasgo relevante, el tamaño del municipio no parece determinar la contratación. La presencia del seguro se mantiene tanto en núcleos pequeños como en grandes ciudades, lo que sugiere que la decisión de asegurarse responde menos al entorno urbano o rural y más a hábitos familiares, tradiciones y preferencias personales. En términos prácticos, el producto se ha normalizado como una herramienta de previsión en contextos muy distintos.
Esa dimensión familiar se aprecia también en la forma en que se contrata. Con frecuencia, las pólizas agrupan a varias generaciones dentro del mismo hogar, lo que refuerza la idea de continuidad, y explica por qué la cobertura se mantiene elevada con el paso del tiempo. Entre quienes superan los 50 años, la contratación es especialmente alta, más de la mitad de las personas en esa franja tiene el sepelio asegurado. Sin embargo, el fenómeno no se limita a edades avanzadas, porque en la población menor de 35 años se observan tasas relevantes, que se mueven entre el 30% y el 40%.
Cuando se analiza por tipo de hogar, el perfil con mayor presencia es el de una pareja sin hijos menores en casa, con al menos uno de sus miembros por encima de los 65 años, donde la tasa de aseguramiento alcanza el 56,8%. También destaca el caso de las personas mayores que viven solas, con un 51,1% de cobertura. Este patrón encaja con una lógica sencilla, a medida que avanza la edad, aumenta la preocupación por dejar resuelta la organización, y se valora más el alivio administrativo y económico para la familia.
En cambio, el grupo en el que el seguro aparece con menor frecuencia es el de quienes viven solos y tienen menos de 30 años. No se trata únicamente de una cuestión de percepción del riesgo, también influyen etapas vitales con más movilidad, proyectos aún inestables y una menor vinculación con decisiones de previsión a largo plazo. Aun así, la presencia de este seguro en hogares donde conviven jóvenes demuestra que la contratación no es excepcional en edades tempranas, sobre todo cuando se integra en pólizas familiares ya existentes.
La utilidad del seguro, además, no se reduce al sepelio en sentido estricto. Junto a la cobertura principal, es habitual que se incluyan servicios añadidos que cobran importancia en el proceso de duelo, como apoyo psicológico, asesoramiento legal, o la gestión de la vida digital en el final de la vida. Son prestaciones que no siempre se sitúan en primer plano cuando se contrata, pero que pueden marcar la diferencia en el momento en que se activan, porque descargan a la familia de gestiones delicadas y, en ocasiones, urgentes.
Con todo, la fotografía que dejan los datos es clara. El seguro de decesos se mantiene como una protección muy extendida, con una implantación que atraviesa territorios, tamaños de municipio y edades, y que responde a una motivación constante, evitar que una circunstancia inevitable se convierta, además, en una carga organizativa y económica difícil de asumir en el peor momento.

