Veinte millones de pólizas de vida activas en España dan para mucho más que una cifra redonda. Dan para trazar un retrato bastante preciso de quién contrata este producto, a qué edad lo hace, en qué situación familiar se encuentra y desde qué rincón del país firma la póliza. Los datos publicados en la Memoria Social del Seguro revelan patrones que no siempre coinciden con lo que la mayoría de la gente imagina, empezando por una brecha de género que sigue siendo llamativa y terminando por un mapa de contratación que coloca a provincias pequeñas del noroeste muy por encima de las grandes capitales en tasa de aseguramiento.
La primera sorpresa tiene que ver con la diferencia entre hombres y mujeres. La tasa de aseguramiento masculina ronda el 59%, mientras que la femenina se queda en el 44%. Esa distancia de quince puntos es un reflejo directo de la época en la que el hombre era el único sustento económico del hogar, y aunque la brecha se va cerrando año tras año, todavía queda camino por recorrer antes de que las cifras se igualen.
En cuanto al estado civil, los datos desmontan la idea de que el seguro de vida sea un producto exclusivo de personas casadas. Cierto que son el grupo más numeroso con un 43% del total de asegurados, pero casi cuatro de cada diez personas con una póliza de vida no han pasado ni por el altar ni por el registro civil, lo que demuestra que la preocupación por proteger a la familia no depende de un papel. Quienes menos contratan este seguro son las personas viudas y divorciadas, que apenas representan un 19% del total.
En qué franja de edad se concentran la mayoría de las pólizas de vida y por qué los extremos apenas contratan
La edad es probablemente el factor que mejor explica la decisión de contratar un seguro de vida. El grueso de las pólizas se concentra entre los 25 y los 54 años, un tramo que acumula más del 70% de los asegurados. Por debajo de los 25 la contratación es casi testimonial, apenas un 4,7% del total, y a partir de los 65 cae hasta el 9%, muy por debajo del peso que ese grupo tiene en la población general. La explicación es sencilla: quien contrata un seguro de vida lo hace cuando tiene hipoteca, hijos en edad escolar o un salario del que depende toda la familia, y esas circunstancias se concentran precisamente en las décadas centrales de la vida laboral.
Por ocupación, los trabajadores por cuenta ajena son la columna vertebral del producto con más del 60% de las pólizas. Les siguen los profesionales liberales con un 6,3%, y bastante más atrás aparecen jubilados, pensionistas y autónomos. El vínculo entre el seguro de vida y el préstamo hipotecario explica buena parte de estas cifras, porque muchas entidades exigen o recomiendan contratar una póliza al firmar la hipoteca, y de hecho cada año unas 4.800 familias consiguen saldar su deuda hipotecaria gracias a la indemnización del seguro de vida.
El mapa provincial añade un dato que pocos esperan. Aunque el volumen bruto de contratos se concentra en Madrid, Barcelona y Valencia por puro peso demográfico, las tasas de aseguramiento más altas corresponden a provincias con poca densidad de población como Ávila, que con solo un 0,3% de los habitantes del país acumula el 1,7% de las pólizas de vida. Le siguen Álava, Soria, Navarra, León, Córdoba y Zamora, un patrón que sitúa al noroeste peninsular como la zona donde más arraigado está este producto.
Lo que las estadísticas vienen a confirmar es que el seguro de vida no responde a un único perfil ni a una sola motivación. Es un producto transversal que cruza edades, estados civiles y ocupaciones, aunque con diferencias que dicen mucho sobre cómo se reparten las responsabilidades económicas en los hogares españoles.

