Qué cubre exactamente un seguro de viaje

viajes Hay gente que se tira tres meses eligiendo hotel para cinco noches, compara diecisiete vuelos hasta ahorrar veinte euros y se lee todas las opiniones de un restaurante antes de reservar, pero no dedica ni treinta segundos a pensar qué hará si se pone enferma a seis mil kilómetros de su médico de cabecera. Los números lo confirman sin dejar mucho hueco a la interpretación: la enfermedad es con diferencia el percance más frecuente que sufren los viajeros, muy por encima de los retrasos de vuelo, las maletas extraviadas o las cancelaciones de última hora.

Según los datos que maneja el sector asegurador, seis de cada diez incidentes atendidos durante un viaje tienen que ver con un problema de salud. Gastroenteritis, fiebres, torceduras que acaban en urgencias, infecciones que obligan a guardar cama tres días en un hotel en lugar de estar visitando templos. La anulación del viaje antes de salir no llega al 10% de los casos y los accidentes con lesiones se quedan en torno al 9%. El cuerpo humano tiene la costumbre de elegir el peor momento posible para dar problemas, y las vacaciones parecen ser uno de sus favoritos.

Lo que convierte una simple visita a urgencias en una pesadilla económica es el destino. Dentro de Europa la tarjeta sanitaria sirve de colchón, pero al otro lado del charco o en buena parte de Asia las facturas médicas alcanzan cifras que asustan. Se han llegado a documentar percances de 175.000 euros en Estados Unidos, 134.000 en México y 116.000 en Camboya. Son cantidades que nadie lleva previstas en el presupuesto de unas vacaciones y que pueden dejar un agujero del que una familia tarda años en recuperarse.

Cancelaciones, maletas perdidas y retrasos: las otras situaciones en las que entra en juego la póliza de viaje

La enfermedad acapara las estadísticas, pero no es lo único que puede torcer una escapada. Que te cancelen el viaje por una huelga o que no puedas salir porque ha fallecido un familiar cercano son supuestos que contemplan las pólizas. También los retrasos que provocan la pérdida de una conexión o de una excursión ya pagada, situaciones en las que quedarse sin cobertura significa asumir de tu bolsillo un gasto que nadie te va a devolver.

Con las maletas pasa algo curioso. Todo el mundo sabe que las aerolíneas pierden equipaje, a todos nos ha pasado o conocemos a alguien que lo ha sufrido, y sin embargo casi nadie contrata una cobertura para eso. El seguro puede cubrir los gastos de reponer lo imprescindible mientras aparece la maleta, y cuando llevas catorce horas de viaje y no tienes ni cepillo de dientes, que alguien te cubra esos gastos importa más de lo que parece.

Los profesionales del sector insisten en dos cosas. La primera, que el seguro se contrata antes de salir, no cuando ya estás en el avión ni cuando ya te has torcido el tobillo bajando unas escaleras en Bali. La segunda, que no todas las pólizas valen para todos los viajes. Un fin de semana en Lisboa y un mes por el sudeste asiático son dos escenarios que necesitan coberturas muy distintas, y la elección debería depender del destino, de la duración y de si se van a hacer actividades que impliquen algún riesgo.

Mucha gente piensa que pagar un seguro de viaje es tirar el dinero porque nunca pasa nada. Hasta que pasa. Y cuando pasa en un país donde no hablas el idioma, donde la sanidad cuesta lo que cuesta y donde no tienes a nadie que te eche una mano, tener o no tener cobertura deja de ser una cuestión de dinero para convertirse en la diferencia entre resolver el problema o quedarte completamente atrapado en él.

Qué cubre exactamente un seguro de viaje